Nacido en Madrid en 1929, Lucio Muñoz pertenece a la generación de artistas españoles de los años cincuenta que introdujeron la abstracción en un país todavía marcado por la posguerra. Su trayectoria no fue lineal ni complaciente: comenzó ligado al paisaje, pero pronto sintió que la pintura debía ir más allá de la representación.
La influencia de Paul Klee, Rufino Tamayo, Ben Nicholson o Joaquín Torres García le empujó hacia un territorio más libre. En París consolidó su compromiso con el expresionismo abstracto y, a su regreso a España, irrumpió con fuerza en la vanguardia gracias a sus exposiciones en la galería Fernando Fe y en el Ateneo de Madrid.
Pero el verdadero giro estaba aún por llegar.
Cuando la madera dejó de ser soporte
A finales de los años cincuenta, Muñoz encontró en la madera algo más que un material: descubrió un lenguaje. Lo que para otros era soporte, para él se convirtió en materia viva.
Empezó a trabajar con tablas, cartones, tierras o papeles quemados. Arañaba, quemaba, tallaba, oxidaba. La superficie dejaba de ser plana para ser irregular. Entre 1958 y 1959 se produce el punto de no retorno: la madera pasa al centro de su obra y el negro, junto a una paleta intensa, sitúa su trabajo en el informalismo más radical.
Desde entonces, su firma sería inconfundible.
El reconocimiento y los grandes espacios
A partir de 1959 su obra comenzó a viajar fuera de España y se integró en el entorno de la galería Juana Mordó, clave para la nueva abstracción española.
En 1962 llegó uno de los encargos decisivos de su carrera: el mural para la basílica de Aránzazu. Allí demostró que su lenguaje matérico también podía habitar lo sagrado. Dos años después, la Medalla de Oro en la Bienal de Arte Sacro de Salzburgo confirmó su proyección internacional.
Con el paso de las décadas, sus obras ingresaron en grandes colecciones y el Museo Reina Sofía le dedicó una importante retrospectiva que consolidó su lugar como pionero de la abstracción en España.
“La ciudad inacabada”: su último pulso creativo
“La ciudad inacabada” preside hoy el hemiciclo acristalado de la Asamblea de Madrid, en Vallecas. Es un mural monumental de madera —138 metros cuadrados— y también la última obra de Lucio Muñoz.
El encargo llegó de la mano del entonces presidente de la Asamblea, Juan Van-Halen, que buscaba una pieza emblemática para la nueva sede inaugurada en 1998. Muñoz aceptó el reto, aunque ya estaba enfermo.

Durante casi dos años trabajó con disciplina férrea, apoyado por jóvenes asistentes, supervisando cada corte y cada ensamblaje. Terminó la obra, pero falleció el 24 de mayo de 1998 sin llegar a verla instalada sobre la tribuna presidencial.
Una ciudad hecha de materia y metáfora
El mural se despliega como un gran retablo contemporáneo. Maderas talladas, quemadas y ensambladas construyen un paisaje abstracto que cambia con la luz y con la mirada.
No es solo una obra formalmente poderosa. Es, sobre todo, una metáfora.
La propia Asamblea la define como un proceso abierto, igual que la política y la ciudad. La tensión entre orden y caos atraviesa la composición, recordando que la vida democrática —como las ciudades reales— se construye entre conflicto, negociación y esperanza.
La elección de la madera no es casual: transmite una cierta idea de honestidad primitiva, casi moral.
La obra que quiso que fueran “sus Meninas”
Dentro de la trayectoria de Muñoz, “La ciudad inacabada” condensa sus grandes obsesiones: la madera como organismo vivo, el equilibrio inestable entre estructura y ruptura, y la dimensión ética de la abstracción.
El propio artista aspiraba a que fuera su equivalente a “Las Meninas”, la pieza que resumiera toda una vida de investigación. Sin embargo, su hijo ha recordado en varias ocasiones que la riqueza de su producción hace imposible reducirla a una sola obra.
Aun así, el mural dialoga claramente con hitos anteriores como Aránzazu y confirma su capacidad para convertir el gran formato en experiencia espacial.
Crear mientras el tiempo se acaba
En los últimos meses de su vida, Lucio Muñoz luchaba contra un cáncer de pulmón. La enfermedad avanzaba, pero él seguía bajando al estudio de la calle Avutarda siempre que las fuerzas se lo permitían.
Supervisaba, corregía, exigía.
“La ciudad inacabada” se convirtió en su último motor vital. Hay algo profundamente coherente en ello: mientras su cuerpo se debilitaba, seguía construyendo una obra que habla precisamente de lo que nunca se termina.
Un legado que sigue observando
Muñoz dejó el mural completamente planificado antes de morir. Meses después se instaló en el hemiciclo junto con la nueva sede de la Asamblea.
Hoy, la obra se ha convertido en uno de los emblemas visuales de la institución y en una especie de testamento artístico. Resume su investigación con la madera y su convicción de que el arte puede —y debe— interpelar a la vida pública.
“La ciudad inacabada” permanece allí, observando los debates políticos día tras día.
Y quizá esa sea su mayor fuerza: recordar que las ciudades, las democracias y las obras verdaderamente importantes nunca están del todo terminadas.
